ICA — A pocas horas al sur de Lima por la Panamericana Sur, la región de Ica concentra uno de los campos de dunas más renombrados de Sudamérica, un paisaje de arena que se extiende hasta el horizonte y que ha convertido a esta franja del desierto costero peruano en uno de los destinos de aventura más reconocidos del país. Lo que durante generaciones fue apenas un accidente geográfico entre el mar y los Andes hoy atrae cada año a viajeros nacionales y extranjeros que llegan buscando una combinación poco común: dunas gigantescas, un oasis natural y un cielo que se tiñe de naranja al caer la tarde.
Huacachina, el oasis que sirve de puerta de entrada
A pocos minutos de la ciudad de Ica se encuentra Huacachina, una laguna de origen natural —alimentada por la filtración de aguas subterráneas y hoy sostenida también mediante bombeo, debido a la caída del nivel freático por la extracción de pozos en la zona— rodeada de palmeras que aparece, casi como un espejismo, en medio de un anfiteatro de dunas que se elevan varias decenas de metros sobre el nivel del agua. El pequeño poblado que creció alrededor de la laguna concentra los hospedajes, los restaurantes y los puntos donde se alquilan tablas de sandboard, además de la salida de los vehículos que suben a la arena. Esta combinación —agua, vegetación y desierto en un espacio reducido— convierte a Huacachina en el punto de partida habitual para explorar las dunas y en una de las postales más reconocibles del turismo del sur peruano.
Más allá del oasis, el desierto se extiende por buena parte de la región, formando un relieve irregular de crestas y depresiones que resulta ideal para las dos actividades que concentran la oferta turística de la zona: los paseos en vehículos todoterreno y el descenso en tabla por las laderas de arena. Ambas experiencias suelen combinarse en una misma salida, de modo que el recorrido en buggy funciona también como transporte hacia los puntos más altos de las dunas, desde donde se practica el sandboard.
Buggies y tablas: la aventura sobre la arena
Los llamados areneros o tubulares —vehículos todoterreno de estructura tubular, sin puertas ni ventanas, preparados para moverse sobre pendientes pronunciadas— son la forma más común de adentrarse en el desierto. Conducidos por choferes con experiencia en el terreno, suben y bajan las dunas siguiendo un recorrido que combina tramos de subida pronunciada con descensos rápidos, una experiencia que por sí sola ya funciona como atracción para buena parte de los visitantes. En los tramos donde el vehículo se detiene sobre una cresta, los pasajeros bajan con la tabla para practicar sandboard, ya sea tendidos boca abajo o, para quienes tienen más experiencia, de pie como en una tabla de snowboard.
El sandboard consiste en deslizarse por la pendiente de una duna sobre una tabla encerada, un descenso que gana velocidad con rapidez por la inclinación de la arena. No se requiere experiencia previa para practicarlo en su modalidad más básica, tendido sobre la tabla, lo que ha ayudado a masificarlo entre turistas de todas las edades. El momento más buscado por los visitantes, sin embargo, no es necesariamente el descenso más pronunciado sino el atardecer: la salida en buggy suele programarse para que el grupo llegue a una de las crestas más altas justo cuando el sol comienza a bajar, y la luz dorada sobre las dunas se ha convertido en una de las imágenes más asociadas a Huacachina y en uno de los momentos fotográficos más buscados del turismo peruano.
Para quienes planean la visita, las primeras horas de la mañana y el final de la tarde ofrecen la luz más favorable y temperaturas más llevaderas, ya que el sol del mediodía calienta la arena hasta niveles incómodos para caminar. Se recomienda usar calzado cerrado —la arena caliente y el impacto de los descensos hacen poco práctico el calzado abierto— y lentes que protejan los ojos del polvo que levantan el viento y los propios vehículos. Las tablas se alquilan localmente en los puntos de partida, por lo que no es necesario llevar equipo propio. Esa combinación de accesibilidad y paisaje singular explica por qué el desierto de Ica, con Huacachina como su puerta de entrada, se mantiene como uno de los destinos de aventura más consolidados del turismo peruano.
